¿En qué clase de sociedad vivimos para que la explicación de un comportamiento potencialmente dañino duela, moleste y provoque una reacción más negativa que el comportamiento en sí? ¿De qué sirve afrontar y asumir la responsabilidad de tus actos? ¿Acaso es más loable, más certero y más aceptado por la sociedad hacer daño, intencionado o no, y mirar para otro lado que explicar los motivos, justificados o no, que te llevaron a obrar de esa manera?
Adopté la sinceridad por bandera y línea que guía mi vida social por varios motivos. El primero de ellos porque pensé que el ser sincero era una manera de no buscar excusas y aceptar la responsabilidad de mis actos pasados y futuros. La segunda razón es porque siempre se ha dicho, aunque ahora pienso que es una leyenda urbana, que la sinceridad es buena, que te hace mejor persona y que una mentira tiene principio pero no fin. El último de los motivos es porque creía que mi vida no seguía los caminos que había marcado por culpa de la mentira y la insinceridad.
Hace tiempo de la decisión que tomé. Al principio me reportaba la calma, el sosiego de saber que estaba haciendo lo que se supone correcto. Eso me permitía dormir. Con el paso de tiempo, esa sensación permanece, pero mitigada. Lo que buscaba, la mejor relación con la personas, nunca llegó. Al contrario, actuó como un repelente de personas sociales, de ovejas blancas. Injusto es generalizar, lo suavizo diciendo que la mayoría, pero es la sociedad y las personas que la conforman las que devaluaron y aún devalúan la honestidad, la sinceridad, porque, aunque ésta únicamente duela en el mundo actual, reconfortaba en su momento.
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