lunes, 9 de mayo de 2011

Ese Viejo Conocido

Qué difícil es el amor y todo lo que le rodea. Qué complicado es definirlo con palabras. Cada vez que lo intentamos acabamos encogiéndonos de hombros llevándolos hacia delante, con la boca entreabierta y el aliento contenido. Nuestra cara refleja la frustración por la misión incumplida, por ese deseo incompleto de poner en palabras algo tan cotidiano como el amor. Sorprende unir la palabra cotidiano y amor en una misma frase, pero, ¿acaso no es cierto? Queremos a nuestros familiares, a amigos que son parte de nuestra familia, a nuestra mascota, aunque nunca la denominemos así porque siempre la vimos más como una persona y parte de la familia que como una animal. Sin embargo, la definición del amor, la que nos satisfaga, se nos resiste a cada intento. Recurrimos a metáforas, paralelismos, hipérboles de experiencias pasadas, pero el amor siempre sale victorioso, se escurre entre las palabras para no ser atrapado.

Siempre culpé al lenguaje, limitado, ambiguo, sin vida. Cada sensación que provoca el amor pierde su intensidad y valor cuando se retrata con palabras, cuando lo verbalizamos, a pesar de la ayuda de nuestras expresiones, tono y timbre de la voz... Culpé a la sociedad y su falta de humanidad, donde la expresión de la emoción se asocia a la debilidad, al lamento. No nos enseñaron a esculpir al amor con el lenguaje, éste sólo hablaba de conocimiento.

Todo eso quedó descartado. El culpable es él mismo. El amor no quiere ser definido, se siente individual, privado, inalienable a cada ser humano. No quiere que se generalice, no desea encontrarse en el diccionario junto a palabras inorgánicas, sin emoción o sentimiento. Quiere seguir siendo el más buscado, por el que más riesgos se corre, el más deseado y, sin embargo, el más añorado cuando se pierde. Pide mucho, lo sabe, por ello guarda siempre una sorpresa para el que lo consigue.

No está solo, algo le acecha, en la era de la ciencia, la razón se alza como su archienemigo. Adoramos el amor cuando está de nuestra parte, cuando inunda nuestra vida. Nuestro odio y rabia lo golpea cuando nos abandona, a través de la razón borramos las huellas que nos ha dejado, olvidándonos de lo que nos dio.

Incapaces somos de disfrutar del amor en todas sus formas. El dolor, la pena, la ira, la desesperación que acompañan al desamor son emociones menospreciadas, repudiadas y negadas. Nos olvidamos de extraer la esencia de cada experiencia relacionada con el amor. Nos protegemos ante futuras agresiones, construyendo una fortaleza emocional cuya entrada actúa como filtro de posibles hostilidades, dejando en la red sensaciones extraordinarias, llenas de sabiduría y calidez. Sin darnos cuenta, desterramos a lo que perseguimos.

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