viernes, 13 de mayo de 2011

¿Principios u orgullo?

Somos seres rutinarios. Nos encanta vivir en un estado constante, invariable, predecible y sin sobresaltos. Los cambios nos aterran, trastocan la calma en la que vivimos. La sensación de control que nos da lo conocido nos hace reacios ante la posibilidad de cambiar, de evolucionar hacia una versión mejorada de nosotros mismos.

Cuando el cambio afecta a nuestras actividades cotidianas, éste siempre es menos traumático. Fue así como conseguimos sobrevivir y evolucionar hasta lo que somos hoy. Ante una necesidad, ante un nuevo desafío, nos adaptamos para poder continuar, y sólo cuando esos nuevos retos dejaron de serlo para transformarse en rutina, fue cuando el sosiego volvió a nuestras vidas. La terquedad de continuar con lo conocido, con lo que se domina y se ha automatizado, sólo lleva al óbito en el pasado, al fracaso en la actualidad

El cambio de lo que denominamos principios, valores, que no son otra cosa que opiniones que poseemos ante hipotéticas situaciones y pautas de actuación cuando lo factible, lo teórico se convierte en real, entraña una dificultad extra para la psicología humana ¿De dónde viene esa complejidad? Cada persona defiende sus opiniones hasta la extenuación, bajo el lema de "son mis principios", justifican su parecer calmando así a su conciencia. Cambiar nos produce unas sensación desagradable, estresante, donde todo es nuevo y escapa de nuestro control. La incertidumbre es una soga que se ciñe sobre la rutina, asfixiándola hasta dejarla inactiva. El pensar de distinta manera a lo que normalmente lo hacías viene cargado con una mochila llena de indigna sorpresa y desconfianza de los que nos conocen. Juzgan el cambio y lo adornan afirmando tu falta de personalidad, de criterio y tu riqueza de volatilidad e inmadurez además de una larga lista de atributos descalificativos y peyorativos, que no hacen más que dificultar el proceso de cambio.

Sin embargo, culpar a la respuesta de los que nos rodean para evitar un cambio es ser ventajista. Sin lugar a dudas me inclino por esa emoción que nos ayuda a superarnos pero que a la vez nos condena: el orgullo. Nos ciega, distorsiona la necesidad real y frena el avance hacia nuestra meta. El orgullo mueve montañas pero a la vez, detiene huracanes.

El cambio debe verse como algo positivo, excitante y apasionante, porque vivir demasiado tiempo atrapado en lo conocido, en lo sometido por miedo a lo desconocido, sólo conduce a la frustración, a la apatía y a la involución personal.

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